fbpx

Adviento quiere decir “venida”. Por tanto, debemos preguntarnos: ¿Quién es el que viene?, y ¿para qué viene?

En este primer domingo de Adviento, resuena más viva y actual que nunca la exhortación a velar y orar, a fin de estar preparados para el encuentro con el Señor. Palabras recogidas de la experiencia evangélica que nos introduce en el significado profundo del acontecimiento que estamos por celebrar, la venida del Mesías.

El Adviento, en cuanto tiempo litúrgico del año eclesial, nos remonta a los comienzos de la Revelación. Y precisamente en los comienzos nos encontramos enseguida con la vinculación fundamental de estas dos realidades: Dios y el hombre.

¡Ven y enciende mi fe, Señor, para vivir en el amor! Desde la profundidad del corazón imploramos su venida y así dar respuesta a la insistencia del Evangelio.

Al presentarnos, a nuestros niños, jóvenes, a las familias de nuestros apostolados, para anunciarnos la venida de Jesucristo, el esperado. Esta sencillez en el anuncio, acompañada por el amor a las personas ante las que nos presentamos, es la verdadera fuerza de nuestro servicio misionero. Frente a la resonancia persuasiva y atractiva de numerosos mensajes humanos que todos los días invaden la existencia de las personas, el Evangelio puede parecer, tal vez, débil y pobre a quien mira con superficialidad; pero, en realidad, es la palabra más poderosa y eficaz que puede pronunciarse, porque penetra en el corazón y, gracias a la acción misteriosa del Espíritu Santo, abre el camino de la conversión y del encuentro con Dios.